No crea usted que me resulta fácil estar aquí, hablando de mi vida con una persona totalmente desconocida para mí. Sé que debo hacerlo; pero ese conocimiento no hace que me resulte más sencillo contarle lo que tengo que decir. Así que, por favor, tenga paciencia conmigo; déjeme que le cuente la historia tal y como creo debe ser contada.

Verá usted, debido a las vueltas que da la vida, mi familia se hizo con el paso del tiempo muy numerosa. Mi padre, un hombre dulce y de carácter débil, trabajaba en Italia antes de que él y su primera mujer, Allegra, me adoptaran. No guardo ningún recuerdo de Allegra, puesto que nos abandonó a mi padre y a mí cuando yo tenía solamente un año. Poco después mi padre recibió una carta de un abogado veneciano, en la que Allegra solicitaba el divorcio sin dar explicaciones.

Mi padre, tremendamente dolido, volvió conmigo a San Pedro del Pinatar, la tierra que le vio nacer. Allí conoció a Alberta, la mujer que se convertiría en mi madrastra al adoptarme como hija cuando se casó con él, y con la que tuvo tres hijos más. Siempre ha sido una mujer de carácter dominante y frío, supongo que debido a la infancia tan dura que sufrió; tanto, que aún hoy se niega a hablar de ella. Es una mujer muy fuerte y terriblemente estricta; pero nunca me trató de manera distinta a mis hermanastros José y Asier, de hecho yo siempre he considerado que era mi madre y no otra cosa. Yo no puedo contar aquel famoso mito de la madrastra malvada; Alberta era dura con cualquiera de sus hijos, ya fueran naturales o adoptados. Eso sí, yo sabía que en realidad, aunque no supiera demostrarlo, nos quería a todos muchísimo. Y también sé que se quedó con las ganas de tener más hijos; su sueño era tener una casa llena de niños y de alegría, supongo que como la casa que ella nunca tuvo en su infancia.

Mi padre y yo estábamos muy unidos, ya que él siempre estaba especialmente pendiente de mí; en aquella época yo pensaba que se debía al hecho de que, aunque no nos unían vínculos de sangre, desarrollé el mismo carácter débil y sumiso que él tenía. Siempre me decía que debía cuidarme el doble, puesto que yo era el doble de vulnerable que cualquiera de mis hermanos. Todos ellos heredaron el carácter fuerte y un tanto frío de mi madre, al igual que su imponente presencia. Siempre me he sentido inferior al lado de Asier y de José; no soy guapa como ellos, ni inteligente, ni tengo habilidades especiales por las que pueda destacar, ni siquiera tengo una meta definida en mi vida.

Se estará usted preguntando por qué hablo solamente de José y de Asier, cuando le he dicho que mi padre y mi madre tuvieron tres hijos. Verá, los problemas que voy a relatarle surgieron cuando yo ya tenía 18 años y estaba repitiendo el último curso de Bachillerato; José tenía 15, y Asier 13. Supongo que a esas alturas mi madre había perdido la esperanza de tener más hijos, aunque ella siempre le repetía a mi padre que quería más niños, que le gustaría tener, como mínimo, otra hija. Así, fue una sorpresa para todos que mi madre se quedara embarazada ya pasados los 40 años de edad. Mi padre contemplaba en silencio la alegría de mi madre; yo supuse que temía que algo saliera mal. No tenía ni idea de lo que se nos avecinaba.

El niño que dio mi madre a luz nació muerto. Lo enterramos con el nombre de Carlos, el nombre de mi padre. Me resultó curioso que mi padre insistiera tanto en ponerle su propio nombre a un bebé muerto; tal vez ahí empecé a tener mis dudas acerca del estado emocional de mi padre, pero lo atribuí al dolor por la pérdida de este último hijo. Mi madre estaba desesperada; se culpaba a sí misma por la muerte del pequeño, y después empezó a culpar a mi padre. No sé cómo se le metió en la cabeza que la debilidad de carácter de mi padre se había trasladado hasta el bebé, matándolo. Mi padre, incapaz de enfrentarse a la ira y al dolor de mi madre, empezó a hacer horas extras en la oficina y a perderse en los bares, volviendo a casa muy tarde con el olor del tabaco adherido a sus ropas y el del alcohol en su aliento. Mi madre, por su parte, empezó a volverse cada vez más fría e intransigente; y mis hermanos y yo asistíamos a este espectáculo sin saber muy bien qué hacer. La situación se hacía insostenible por momentos.

—Tú lo tienes fácil, Mónica —recuerdo que me dijo Asier un día—. Te irás pronto a la universidad, te llevarán a una residencia de estudiantes, y no verás esto nunca más.

—No voy a dejaros solos ni a José ni a ti —le respondí yo, aunque ambos sabíamos que mentía. Yo ya tenía mi plaza en la residencia del campus de la Universidad de Murcia, y allí planeaba quedarme durante todo lo que duraba el curso. No soportaba ver a mis padres haciéndose daño de aquella manera.

La última vez que vi a mi padre y a mis hermanos fue el día que todos me acompañaron, en el coche familiar, hasta la residencia universitaria. En el viaje de regreso a San Pedro del Pinatar, mi padre tomó una curva a 140 km/h cuando la velocidad recomendada era de 60; ni siquiera giró el volante. Mi padre y mis hermanos murieron; mi madre sobrevivió, pero quedó parapléjica. Abandoné los estudios inmediatamente y volví a casa para cuidar de ella, y así estuve durante los dos años que han transcurrido hasta ahora, hasta que he sentido que no podía seguir callando, que el aire se me secaba en los pulmones.

Verá, me persiguen las últimas palabras que me dijo mi padre antes de salir de la residencia, cuando tanto mis hermanos como mi madre ya habían salido del cuarto. Sus últimas palabras fueron: “Pase lo que pase, recuerda que eres mi única niña y que te quiero muchísimo”. Por eso sé que no fue un accidente, que mi padre tomó esa curva así a propósito, que planeaba matar a toda la familia, salvo a mí. A mi madre nunca se lo he dicho, pero creo que lo sospecha. Lo que no sabe es cómo descubrió mi padre sus infidelidades. Pero él sabía mucho más que eso: sabía que ninguno de los hijos nacidos en su segundo matrimonio eran suyos. Yo lo sé porque mi padre me lo contó antes de despedirse de mí, en aquel dormitorio en el que sólo estábamos él y yo; me dijo que mi madre no sabe que yo no soy hija natural de Allegra y de él, que de hecho nunca había contado a nadie, ni siquiera a mí, que él era estéril. Mi padre nunca se lo dijo a Alberta: sabiendo que mi madre deseaba una familia numerosa y muchos hijos propios, temió decírselo por si le abandonaba, igual que hizo Allegra tiempo atrás.


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